un cuento Sufi en pps
un bonito pps para reflexionar
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Puertas misteriosas de Alejandro Dolina |
Es de saber popular sobre los enigmas ocultos que poseen algunas puertas. No todas son tan inofensivas como parecen.
En la antigüedad clásica se demuestran hechos de sus características mágicas y, en algunos casos, maléficas.
Los egipcios evitaban las puertas a toda costa. Para separar una habitación de otra se las ingeniaban con modestas cortinas o bien pintando un marco de color en ambos lados del cuarto.
Cada color diferenciaba el adentro del afuera.
Günther Smith, el romántico de Mercedes, en sus típicos domingos de asado siempre encontraba la oportunidad de contar un episodio que padeció la primera vez que su padre lo llevó al club de hechiceros, alquimistas y magos.
Me tomaré la libertad de transcribir parte de la historia:
— El club dónde residen estos extraños caballeros es una casona de aspecto muy lúgubre. Parece sacado de una película de horror.
Algunos afirman que la cantidad de habitaciones que posee equivale a la cantidad de cabellos que tenía “La Dama del Lago”. Otros, en cambio, dicen que en realidad es una sola habitación pero con la facultad de moverse y repartirse constantemente en toda el área que ocupa la casa.
Lo cierto es que la cantidad de habitaciones no son importantes, sino sus puertas.
Todas son iguales y ninguna te lleva al mismo lugar dos veces seguidas. Hay puertas que te conducen al pasado, otras al futuro; están las que te lleva a una zona imaginaria y hay otras que te dirigen al baño público de la cancha de Racing.
Los mismos miembros del club se pierden constantemente y muchos no son vistos por largos períodos.
Me gusta creer en el valor poético de este lugar. La casona y sus habitaciones son el Universo y todas sus puertas, los paradigmas y los misterios.
¿Y acaso no se trata de eso la vida? ¿De abrir puertas? ¿De perderse por pasillos de incertidumbre hasta dar con la habitación de la certeza?
Aquellos que tienen poco que ofrecer siguen creyendo que una puerta es un objeto de madera con picaporte. Son el tipo de gente que se queda con esquemas aburridos para conseguir una falsa sensación de seguridad.
Supongo que ahora sabemos cómo distinguir a los que están afuera de los que están adentro
Alejandro Dolina
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El cuento de la jirafa |
Hace mucho, mucho tiempo, los animales hablaban. Sí, hablaban y vivían juntos en un claro del bosque. Un día estaban todos sentados formando un círculo.
Justo llegó Dios, que estaba cansado de crear a todos los animalitos (recién había terminado de crear al último, pero yo no recuerdo cual fue). Entonces se sentó junto a ellos
y Dios les preguntó si alguno deseaba algo en especial.
La jirafa dijo:- A mí me gustaría ser sabia.
Entonces Dios le ordenó que no debía hablar más, porque los que hablan mucho son los charlatanes, en cambio los sabios escuchan.
A partir de entonces la jirafa, desde allí arriba, todo lo oye y todo lo ve pero no emite ningún sonido.
FIN
http://cuentosafricanos.blogspot.com/2007/08/cuento-africano-el-deseo-de-la-jirafa.html| [+/-] |
SUEÑO DE FLAUTAS |
de HERMANN HESSE
«Toma esto», dijo mi padre, y me alcanzó una pequeña flauta de hueso, «tómala y no olvides a tu anciano padre cuando alegres a la gente con tu música en países lejanos. Es tiempo de que veas el mundo y aprendas algo. He mandado hacer esta flauta, porque no te gusta ninguna otra tarea, excepto cantar. Piensa también que debes tocar siempre canciones bonitas y amables, de lo contrario sería malgastar el don que Dios te ha concedido. »
Mi querido padre entendía poco de música, era un erudito. Él pensaba que yo no tenía más que soplar en la linda flauta para que todo anduviera bien. Como no lo quería despojar de su creencia, le agradecí, guardé la flauta y procedí a despedirme.
Nuestro valle me era conocido hasta el gran molino del caserío; detrás comenzaba el mundo, y debo admitir que me gustó mucho. Una abeja fatigada de volar se había posado sobre mi manga, y la llevé conmigo para tener, en mi primer descanso, un mensajero que llevara enseguida mis saludos a la patria que dejaba atrás.
Bosques y praderas acompañaban mi camino, y muy lozano también el río me acompañaba. Descubrí que el mundo se diferenciaba poco de mi patria. Los árboles y flores, las espigas de trigo y los avellanos me hablaban; yo cantaba sus canciones con ellos, y ellos me comprendían, como en casa. De pronto mi abeja despertó, se arrastró despaciosamente hasta mi hombro, levantó el vuelo y giró dos veces en torno a mí con su zumbido dulce y profundo; luego se orientó rectamente hacia atrás, hacia el hogar.
En eso surgió del bosque una muchacha joven, que llevaba un cesto en el brazo y un sombrero de paja de ala ancha que dejaba en sombras la rubia cabeza.
«Dios te guarde», le dije, «¿adónde vas?»
«Debo llevar la comida a los segadores», dijo. Y se puso a caminar a mi lado. «¿Y tú, dónde quieres ir?»
«Voy a conocer el mundo, mi padre me ha enviado. Él cree que yo debo tocar mi flauta en público, ante la gente, pero yo no sé hacerlo bien todavía, antes debo aprender mucho.»
«Bueno, bueno. ¿Y qué sabes hacer en realidad? Porque algo debes saber.»
«Nada en especial. Puedo cantar canciones.»
«¿Qué clase de canciones?»
«De todo tipo ¿sabes? A la mañana y a la noche, ¿a los árboles, a las bestias, a las flores. Ahora, por ejemplo, podría cantar una canción bonita acerca de una muchacha joven que sale del bosque para llevar la comida a los segadores.»
«¿Puedes hacerlo? ¡Cántala entonces!»
«Lo haré, pero, ¿cómo te llamas?»
«Brigitte.»
Entonces entoné la canción de la linda Brigitte con el sombrero de paja, y lo que llevaba en el cesto, y de cómo las flores la miraban cuando pasaba y los vientos azules la seguían a lo largo del cerco del jardín, y todo lo relacionado con ello. Atendió seriamente a la canción, y me dijo que era buena. Y cuando le comenté que estaba hambriento, levantó la tapa del cesto y extrajo un pedazo de pan. Mientras yo le echaba el diente con ahínco, al tiempo que continuaba ágilmente la marcha, ella me dijo: «No se debe comer a la carrera. Una cosa después de la otra». Entonces nos sentamos sobre la hierba, yo comí mi pan y ella se abrazó las rodillas con sus manos bronceadas y me miró.
«¿Quieres volver a cantarme alguna otra cosa?». preguntó cuando dejé de comer.
«Con gusto. ¿Qué quieres que cante?»
«Algo acerca de una chica que está triste porque ha sido abandonada por su novio.»
«No, no puedo. No conozco eso, y tampoco debe uno estar triste. Mi padre dijo que debo cantar siempre canciones graciosas y amables. Te cantaré algo acerca del cuclillo o de la mariposa.»
«Y de amor, ¿no sabes ninguna?» preguntó luego.
«¿De amor? Oh sí, eso es lo más lindo de todo.»
Enseguida empecé una canción acerca de cómo el rayo de sol está enamorado de las rojas amapolas y juega con ellas lleno de alegría. Y de la hembra del pinzón, cuando aguarda al pinzón y al llegar éste vuela como si estuviera asustada. Y seguí cantando acerca de la muchacha de ojos pardos y del joven que llega y canta y recibe un pan de regalo; pero ahora no quiere más pan, quiere un beso de la doncella y quiere ver dentro de sus ojos pardos, y canta y canta hasta que ella empieza a sonreír y le cierra la boca con sus labios.
Entonces Brigitte se inclinó y cerró mi boca con sus labios; luego cerró los ojos y los volvió a abrir. Y yo miré las estrellas cercanas de un dorado oscuro y en ellas estábamos reflejados yo mismo y un par de blancas flores del prado.
«El mundo es muy hermoso», dije, «mi padre tenía razón. Pero ahora te ayudaré a llevar estas cosas hasta donde está esa gente.»
Tomé su cesto y proseguimos el camino. Su paso sonaba con el mío y su alegría coincidía con la mía, y el bosque hablaba delicado y fresco desde la montaña. Yo nunca había caminado tan contento. Durante un largo rato canté con fuerza, hasta que tuve que cesar de puro exceso; era demasiado todo lo que susurraba y hablaba desde el valle y la montaña, desde la hierba y el follaje, desde el río y los matorrales.
Entonces pensé: si pudiera comprender y cantar al mismo tiempo las mil canciones del universo, del pasto y las flores, de los hombres y las nubes, de la floresta y el bosque de pinares, y también de los animales. Y asimismo todas las canciones de los mares lejanos y las montañas, de las estrellas y la luna; y si todo eso pudiera simultáneamente resonar en mi interior y ser cantado, entonces yo sería como el buen Dios y cada canción debería ser como una estrella en el cielo.
Pero mientras yo pensaba de este modo, lo cual me había dejado silencioso y maravillado, pues antes jamás se me habían ocurrido cosas así, Brigitte se detuvo y sujetó firmemente el asa del cesto.
«Ahora debo subir», dijo. «Allá arriba está nuestra gente. ¿Y tú, a dónde vas? ¿Por qué no vienes conmigo?»
«No, no puedo ir contigo. Tengo que ver el mundo. Muchas gracias por el pan, Brigitte, y por el beso. Pensaré en ti.»
Ella tomó su cesto con la comida; y otra vez sus ojos de sombras pardas se inclinaron sobre mí, y sus labios se adhirieron a los míos. Su beso fue tan bueno y dulce, que casi me puse triste de pura felicidad. Entonces le dije adiós y marché presuroso carretera abajo.
La muchacha subió lentamente por la montaña; se detuvo bajo el follaje que caía al borde del bosque, y miró hacia abajo donde yo estaba. Y cuando le hice señas y, agité el sombrero sobre mi cabeza, inclinó ella la suya una vez más y desapareció en silencio, como una imagen, entre la sombra de las hayas.
Yo, por mi parte, continué tranquilo el camino sumido en mis pensamientos, hasta que el sendero dio la vuelta en un recodo.
Allí había un molino, y junto al molino se hallaba una barca en el agua. Un hombre sentado en la barca parecía estar esperándome; en efecto, cuando me saqué el sombrero y subí a bordo, la barca comenzó a navegar enseguida río abajo. Me senté en la mitad de la embarcación, y el hombre atrás, al timón. Y cuando le pregunté a dónde íbamos, levantó la vista y me miró con ojos grises y velados.
«Donde quieras», dijo con voz apagada. «Río abajo hacia el mar o a las grandes ciudades, la elección es tuya. Todo me pertenece.»
«¿Todo te pertenece? ¿Entonces eres el rey?»
Quizá dijo él. «Y tú eres un poeta, según creo. ¡Cántame entonces una canción de viaje!»
Me infundía temor ese hombre serio y sombrío, y además nuestra barca navegaba tan rápido y sin ruido río abajo, que saqué fuerzas de flaqueza y canté acerca del río que lleva las naves y en el que se refleja el sol; el río, que es más ruidoso en contacto con las orillas rocosas y termina alegremente su peregrinaje.
El semblante de aquel hombre permanecía impasible; cuando finalicé, asintió silenciosamente, como uno que sueña. Y enseguida, ante mi asombro, él mismo comenzó a cantar. Y también cantó acerca del río y del viaje del río por los valles, y su canción era más bella y vigorosa que la mía, pero todo sonaba muy distinto.
El río, tal como él lo cantaba, bajaba como un ser destructor dando tumbos desde las montañas, hosco y salvaje, rechinando los dientes al sentirse refrenado por los molinos y presionando por los puentes; odiaba a todos los barcos que debía sostener; y bajo sus olas, y entre largas y verdes plantas acuáticas, mecía sonriente los blancos cuerpos de los ahogados.
Nada de esto me gustaba; pero su tono era tan hermoso y enigmático que quedé completamente confundido, y angustiado callé. Si lo que aquel cantor viejo, sutil e inteligente cantaba con su voz sofocada era cierto, entonces todas mis canciones habían sido nada más que tontería, torpes juegos infantiles. Entonces el mundo no era básicamente bueno y lleno de luz, como el corazón de Dios, sino opaco y sufriente, malo y sombrío; los bosques no susurraban de placer, susurraban de dolor.
Seguimos navegando. Las sombras se hicieron más largas, y cada vez que yo comenzaba a cantar mi voz sonaba menos clara, e iba apagándose. Y cada vez el extrafío cantor respondía con una canción que hacía al mundo más y más incomprensible y doloroso, y a mí me dejaba más y más desconcertado y triste.
Me dolía el alma, y sentía no haberme quedado en tierra junto a las flores o al lado de la bella Brigitte; para consolarme, empecé a cantar en la oscuridad creciente, con voz fuerte a través del rojo resplandor del anochecer, la canción de Brigitte y de sus besos.
Entonces se inició el ocaso y enmudecí. El hombre al timón cantó, y también él cantó del amor y del placer del amor, de ojos oscuros y ojos azules, de labios rojos y húmedos, y era hermoso y conmovedor lo que cantaba Reno de pena a medida que oscurecía sobre el río. Pero en su canción el amor era también lúgubre y temible, y se había convertido en un secreto mortal, dentro del cual los hombres, extraviados y dolidos, tanteaban entre penurias y anhelos, y se torturaban y mataban los unos a los otros.
Yo escuchaba y quedé muy fatigado y entristecido, como si hubiera estado viajando durante años a través de la mayor miseria y aflicción. Sentía que del desconocido emanaba y se deslizaba en mi corazón una permanente, silenciosa, fría corriente de pena y mortal angustia.
«Así que la vida no es lo más elevado y hermoso», dije finalmente con amargura, «sino la muerte. Entonces te ruego, olí triste monarca, que cantes una canción a la muerte.»
El hombre al timón cantó de la muerte, y cantó más bellamente que antes. Pero tampoco era la muerte lo más hermoso y alto, tampoco en ella había consuelo. La muerte era vida, y la vida muerte, y estaban enzarzadas entre sí en un furioso combate de amor, y esto era lo último y el sentido del mundo, y de allí se desprendía un resplandor que podía, a pesar de todo, alabar toda miseria, pero también una sombra que enturbiaba todo placer y belleza rodeándolos de tiniebla. Pero desde esa tiniebla ardía el placer más bella e íntimamente, y el amor ardía más profundo en medio de esa noche.
Yo escuchaba y me había quedado totalmente en silencio; no existía en mí otra voluntad que la del extranjero. Su mirada descansó sobre mí, callada y con una cierta bondad melancólica, y sus ojos grises estaban cargados del dolor y la belleza del mundo. Me sonrió, y entonces cobré ánimos y le rogué en mi necesidad: «¡Ah, retorna, por favor! Tengo miedo aquí en la noche, quisiera volver a la casa de mi padre, o volver para encontrar a Brigitte.»
El hombre se levantó y señaló la noche; el farol resplandeció claramente sobre su rostro enjuto e imperturbable. «Ningún camino va hacia atrás», dijo seria y amablemente, «hay que proseguir siempre hacia delante, si se quiere conocer el mundo. Y de la muchacha de los ojos oscuros ya has tenido lo mejor y más hermoso, y cuanto más te alejes de ella, tanto más hermoso y mejor será. Pero marcha hacia donde quieras; te daré mi lugar al timón.»
Yo me hallaba tremendamente entristecido, pero sabía que él tenía razón. Lleno de nostalgia pensé en Brigitte y en mi país y en todo lo que había sido hasta entonces cercano, luminoso y mío, y en todo lo que había perdido. Pero en ese momento iba a tomar el sitio del extraño y conducir el timón. Así debía ser.
Me levanté en silencio y me dirigí a través de la barca al asiento del timonel; el hombre se acercó a mí también en silencio, y cuando estuvimos el uno frente al otro me miró fijamente a la cara y me dio su farol.
Pero cuando me senté al timón y hube afianzado el farol junto a mí, me encontré solo en la barca; advertí con un profundo estremecimiento que el hombre había desaparecido. Sin embargo, no me sentía asustado, lo había presentido. Me parecía que el hermoso día de viaje, Brigitte, mi padre y la patria habían sido sólo un sueño, y que yo era un viejo apenado y que siempre había viajado a través de aquel río nocturno.
Comprendí que no debía llamar a ese hombre, y el reconocimiento de la verdad se desplomó sobre mí como una helada.
Para saber lo que ya presentía, me incliné sobre el agua y alcé el farol, y desde la negra superficie me miró un rostro penetrante y serio con ojos grises, un rostro viejo y sabio. Era el mío.
Y como ningún camino lleva hacia atrás, continué el viaje por las aguas oscuras a través de la noche.
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cuentito corto de Navidad |
En una víspera de Navidad, un exitoso hombre de negocios se apuraba a
llegar a la carnicería antes de que cerraran.
- ¿Va a comprar su pavo de Navidad? - preguntó un amigo.
- No. Hot dogs - respondió el hombre.
Después explicó cómo, años atrás, un fracaso rotundo en sus negocios
le había quitado toda su fortuna. Había tenido que enfrentar la
Navidad sin trabajo ni dinero para regalos, y con menos de un dólar
para comprar comida.
Ese año, él, su esposa y su hija pequeña dieron las gracias antes de
cenar y comieron hot dogs.
- Toda una jauría de ellos - rió.
Su esposa le había puesto a cada salchicha, palillos de dientes que
simulaban las piernas, y pajitas para las colas y los bigotes. Su hija
estaba fascinada, y contagió su alegría a todos. Después de la cena
dieron gracias de nuevo por el momento más amoroso y festivo que
habían tenido jamás.
- Ahora es una tradición - dijo el hombre.- Hot dogs para la Navidad,
nos recuerda ese feliz día cuando nos dimos cuenta de que nos tenemos
los unos a los otros y de nuestra capacidad de reír y celebrar.
- Autor Desconocido -
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Cuando el Señor hizo a la mujer... |
Cuando el Señor hizo a la mujer, era su sexto día de trabajo haciendo
horas extras...
- Un Ángel apareció y dijo "¿Por qué pasas tanto tiempo en ella?"
- Y el Señor le contestó: "Has visto el formulario de especificaciones
que tiene? Debe ser completamente lavable, pero no plástica, tiene 200
partes movibles, todas reemplazables, funciona con café y restos de comida,
tiene un regazo en el que caben 2 niños al mismo tiempo, pero que
desaparece cuando se incorpora, tiene un beso que puede curar cualquier cosa,
desde una rodilla raspada hasta un corazón roto."
- El Ángel trató de detener al Señor. "Esto es demasiado trabajo
para un solo día, mejor espera hasta mañana para terminar".
- "Pero no puedo", protestó el Señor. "Estoy tan cerca de terminar
esta creación, por lo que está muy cerca de mi corazón.
- Se cura a sí misma cuando está enferma, y puede alimentar a una
familia con una hamburguesa y puede hacer que un nene de 9 años se quede
bajo la ducha."
- El Ángel se acercó y tocó a la mujer. "Pero la has hecho tan
suave, Señor..."
- "Ella es suave", asintió el Señor, "pero también la hice fuerte.
"No tienes ni idea de lo que puede resistir o lograr."
- "¿Podrá pensar?", preguntó el Ángel.
- El Señor respondió: "No tan sólo será capaz de pensar, sino
también de razonar y negociar."
- El Ángel notó algo, se estiró y tocó la mejilla de la mujer. "Oh,
parece que este modelo tiene una pérdida. Le dije que estaba tratando de
poner demasiadas cosas".
- "Ésa no es una pérdida", objetó el Señor, "eso es una lágrima."
- "¿Y para qué son las lágrimas?", Preguntó el Ángel.
- El Señor dijo: "La lágrima es la forma en que ella expresa su
alegría, su pena, su desilusión, su soledad, su dolor y su orgullo."
- El Ángel estaba impresionado. "Eres un genio, Señor, pensaste en
todo, ya que las mujeres son en verdad asombrosas!!"
- Las mujeres tienen fuerzas que asombran a los hombres. Llevan a
los hijos, sobrellevan dificultades, llevan pesadas cargas, pero se
aferran a la felicidad, amor y alegría. Sonríen cuando quieren gritar. Cantan
cuando quieren llorar. Lloran cuando están felices y ríen cuando están
nerviosas. Pelean por lo que creen. Se sublevan contra la injusticia. No
aceptan un "no" por respuesta cuando creen que existe una solución mejor.
No se compran zapatos nuevos, pero a sus hijos sí... Acompañan al médico
a un amigo asustado. Aman incondicionalmente. Lloran cuando sus hijos
sobresalen y ovacionan a sus amigos cuando triunfan. Se les rompe el corazón
cuando un amigo muere. Sufren cuando pierden a algún miembro de la familia, pero son fuertes cuando no hay de dónde más sacar fuerzas. Saben que un abrazo y un beso pueden sanar un corazón roto.
Las mujeres vienen en todos los tamaños, colores y formas.
Manejan, vuelan, caminan o te mandan e-mails para decirte
cuánto te quieren. El corazón de las mujeres es lo que hace al mundo girar.
Las mujeres hacen más que dar a luz.
Ellas traen alegría y esperanza. Compasión e ideales. Las mujeres
tienen un montón de cosas que decir y para dar.
Sí, ¡el corazón de la mujer es asombroso!
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QUEDATE CON TU TENEDOR... |
Había una joven a la que habían diagnosticado una enfermedad terminal y le habían dado dos meses de vida.
Así que mientras estaba poniendo sus cosas en orden, se puso en contacto con su sacerdote y lo hizo venir a su casa para discutir ciertos aspectos de sus deseos finales.
Ella le dijo cuales canciones quería que cantaran en la Misa, que lecturas le gustaría que leyeran, y con que vestido quería que la enterraran.
Todo estaba en orden y el sacerdote se estaba preparando para irse cuando la joven recordó de repente algo muy importante para ella.
-Hay otra cosa, dijo excitada.
- ¿De qué se trata? Fue la respuesta del Sacerdote.
-Esto es muy importante, la joven continuó. Quiero que me entierren con un tenedor en mi mano derecha.
El sacerdote se quedó parado viendo a la joven, sin saber que decir.
-¿Eso le sorprende, verdad? La joven preguntó.
-Bueno, a decir verdad, estoy un poco confuso por la petición, dijo el Sacerdote.
La joven explicó.
-Mi abuela me contó una vez esta historia, y desde entonces, yo siempre lo hago; también, siempre he tratado de transmitir este mensaje a quienes amo y a aquellos que necesitan aliento.
En todos mis años de asistir a reuniones y cenas, siempre recuerdo que cuando retiraban los platos del platillo principal, alguien inevitablemente se acercaría y diría bajito y al oído: “…quédate con tu tenedor”. Era mi parte favorita porque sabía que venía algo mejor, como un cremoso pastel de chocolate o una tarta de manzana. ¡¡Algo maravilloso, y de contenido!!
Así que, quiero que la gente me vea en el féretro con un tenedor en mi mano, quiero que se pregunten:, “¿Qué onda con el tenedor?”;” ¿porqué ese tenedor?” .
-Entonces quiero que les diga: ¡Quédate con tu tenedor!…, lo mejor está por venir.
Los ojos del Sacerdote se llenaron de lágrimas de alegría y se despidió de la joven con un abrazo.
Él sabía que sería una de las últimas veces que la vería antes de su muerte.
Pero también sabía que la joven tenía un mejor concepto de la muerte y el cielo, que él.
Ella tenía un mejor concepto del cielo y la muerte que mucha gente que tenía el doble de su edad, con el doble de experiencia y conocimiento.
Ella SABÍA que algo MEJOR estaba por venir.
En el funeral la gente caminaba hacia el féretro de la joven y veían la capa que estaba usando y el tenedor en su mano derecha.
Una y otra vez, el Sacerdote escuchó la pregunta: ¿Qué onda con el tenedor?, Y una y otra vez sonreía.
Durante el mensaje de despedida al pie de su sepulcro, el Sacerdote le dijo a la gente de la conversación que había sostenido con la joven poco antes de que falleciera.
Además les dijo del tenedor y que simbolizaba para ella.
El sacerdote le dijo a la gente cómo no podía dejar de pensar sobre el tenedor y les dijo que ellos probablemente tampoco podrían dejar de hacerlo en lo adelante.
Él tenía razón.
Así que la próxima vez que tomes tu tenedor, déjame recordarte gentilmente, que lo mejor está por venir.
¡Quédate con tu tenedor!.
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Anthony de Mello - EL AMOR ES ALGO PERSONAL |
EL AMOR ES ALGO PERSONAL
La familia se había reunido para cenar, y el hijo mayor anunció que iba a casarse con la vecina de enfrente.
"¡Pero si su familia no le dejó nada...!", objetó el padre.
"¡Ni ha sido capaz de ahorrar un céntimo!", añadió la madre.
"¡Y no sabe una palabra de fútbol!", dijo el hermano pequeño.
"¡Jamás he visto a una chica tan cursi!", dijo la hermana.
"¡Sólo sabe leer novelas!", dijo el tío.
"¡No tiene gusto para vestir!", dijo la tía.
"¡Se lo gasta todo en maquillaje!", dijo la abuela.
"Todo eso es verdad", dijo el muchacho. "Pero tiene una enorme ventaja sobre todos nosotros".
"¿Cuál?", exclamaron todos.
"Que no mira mis defectos ni los vuestros".
Anthony de Mello
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cuento: El Ángel de los niños |
El Ángel de los niños
Cuenta una antigua leyenda que un niño que estaba por nacer, le dijo a Dios:
-Me dicen que me vas a enviar mañana a la Tierra; pero ¿cómo viviré
tan pequeño e indefenso como soy?
-Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que te estará esperando: él
te cuidará.
-Pero dime: aquí en el Cielo, no hago más que cantar y sonreir, eso
basta para ser feliz.
-Tu ángel te cantará, sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y
serás feliz.
-Y ¿cómo entender que la gente me hable, si no conozco el extraño
idioma que hablan los hombres?
-Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas
escuchar y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.
-Y, ¿qué haré cuando quiera hablar contigo?
-Tu ángel te juntará las manitos y te enseñará a orar.
-He oído que en la Tierra hay hombres malos, ¿Quién me defenderá?
-Tu ángel te defenderá aún a costa de su propia vida.
-Pero estaré siempre triste porque no te veré más, Señor.
-Tu ángel te hablará de Mí y te enseñará el camino para que regreses
a mi presencia, aunque Yo siempre estaré a tu lado.
En ese instante, una gran paz reinaba en el Cielo pero ya se oían
voces terrestres, y el niño presuroso, repetía suavemente:
-Díos mío, si ya me voy dime su nombre, ¿Cómo se llama mi ángel?
-Su nombre no importa, tu sólo le dirás: Mamá.
- Autor Desconocido -
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Cuento de los hermanos Grimm - Rúmpeles-Tíjeles |
Rúmpeles-Tíjeles
Había una vez un molinero que era muy pobre, pero tenía una buena
hija. Un día sucedió que tuvo que ir a hablar con el rey, y para
presentarse como persona importante le dijo:
-"Tengo una hija que cuando hila el lino, lo convierte en oro."-
El rey dijo al molinero:
-"Ese es un arte que me complace mucho. Si tu hija es tan ingeniosa
como dices, tráela mañana a mi palacio, y entonces veré eso que
hace."-
Y cuando llegaron al palacio, el rey llevó a la muchacha a un cuarto
que estaba lleno de lino, le dio una rueda de hilar y un carrete, y le
dijo:
-"Ahora ponte a trabajar, y si para mañana temprano no has hilado y
convertido este lino en oro, te castigaré."-
Enseguida él cerró con llave el cuarto y la dejó sola. Allí, ella se
sentó, y no sabía qué hacer. No tenía idea de como hilar y transformar
el lino en oro. Y se acongojó tanto, y se sintió tan miserable que se
puso a llorar.
Pero de pronto la puerta se abrió, y entró un pequeño hombrecillo, que dijo:
-"Buenos días, señorita molinera, ¿por qué lloras así?"-
-"¡Ay!"- contestó la muchacha, -"tengo que hilar lino y convertirlo en
oro, y yo no sé cómo hacer eso."-
-"¿Qué me darías si yo lo hago por ti?"- preguntó el enano.
-"Mi lazo de gargantilla."- dijo la joven.
El hombrecito tomo el lazo, se sentó al frente de la rueda, y "roar.."
"roar.." "roar...", tres vueltas y el carrete se llenó. Entonces puso
otro, y "roar.." "roar.." "roar...", tres vueltas y el segundo carrete
se llenó. Y así siguió hasta la mañana siguiente, cuando todo el lino
quedó hilado y los carretes llenos de oro. Apenas empezada la mañana
llegó el rey, y al ver el oro quedó embelesado y asombrado, pero
únicamente su corazón se volvió más avaro. Y llevó a la hija del
molinero a otra habitación aún más grande, y le ordenó hilar todo
aquello en una noche si quería evitar el castigo. La muchacha no sabía
como se salvaría, y empezó a llorar, cuando la puerta se abrió de
nuevo y el hombrecito apareció y le dijo:
-"¿Qué me darías si yo te hilo y convierto en oro todo ese lino?"-
-"El anillo de mi dedo"- respondió ella.
El enano tomó el anillo y empezó a girar la rueda, y al amanecer ya
tenía todo el lino hilado y convertido en brillante oro.
El rey se regocijó sin medida por lo que veía, pero sintió que aún no
tenía suficiente oro, y llevó a la doncella a una aún más grande
habitación llena también de lino, y le dijo:
-"Tienes que trabajar esto también en el transcurso de la noche, y si
tienes éxito, te haré mi esposa."-
-"No me importa que sea hija de un molinero"- pensó él, -"no podría
encontrar una esposa con mayor riqueza en el mundo entero."-
Cuando la joven quedó sola, el enano entró de nuevo por tercera vez, y dijo:
-"¿Qué me darás si te realizo el trabajo esta vez también?"-
-"Ya no me queda nada que pudiera darte."- contestó la muchacha.
-"Entonces prométeme que si llegas a ser la reina, me darás a tu
primer hijo."- dijo él.
-"¡Quién sabe para que eso pueda suceder!"- pensó ella.
No teniendo otra opción para salir de este problema, le prometió al
duende lo que pidió, y entonces una vez más él hiló y convirtió el
lino en oro.
Y cuando el rey llegó en la mañana, y encontró todo finalizado tal
como lo pidió, la tomó en matrimonio, y la buena hija del molinero
llegó a ser la reina.
Un año después, ella tuvo un hermoso niño, y jamás volvió a recordar
duende. Pero súbitamente éste entro al dormitorio y dijo:
-"Ahora dame lo prometido."
La reina se horrorizó, y le ofreció al enano todas las riquezas del
reino si la dejaba con el niño. Pero el duende dijo:
-"No, algo que es viviente es más apreciado por mí que todos los
tesoros del mundo."-
Entonces la reina empezó a llorar y gritar tan amargamente que el
duende se compadeció.
-"Bien, te daré tres días de tiempo"- dijo él, -"si para ese tiempo
averiguas mi nombre, podrás quedarte con el niño."-
Así, la reina pasó toda la noche pensando en todos los nombres que
ella hubiera oído antes, y envió un mensajero por todo el reino para
preguntar, a lo ancho y largo, por todos los nombres que hubiera.
Cuando al día siguiente llegó el duende, ella empezó a mencionar
"Melchor", "Gaspar", "Baltazar" y todos los demás que ella había
aprendido, uno tras otro. Pero a cada ocasión el hombrecito respondía:
-"Ése no es mi nombre."-
En el segundo día ella había preguntado en la vecindad por los nombres
de las personas de allí, y ella le repetía al duende los más curiosos
y desconocidos nombres.
-"Quizás tu nombre sea "Mecacorto", o "Ríoazul", o "Estrellablanca"."-
Pero él siempre respondía:
-"Ése no es mi nombre."-
Al tercer día regresó el mensajero que había enviado y éste dijo:
-"No me ha sido posible encontrar un nuevo nombre, pero cuando subí a
una alta montaña al final del bosque, donde la zorra y la liebre se
dicen entre sí "buenas noches", ví una pequeña casa, y al frente de la
casa había un fuego encendido, y dando vueltas alrededor del fuego un
ridículo hombrecito que brincando en un pie, cantaba:
-"Hoy horneo, mañana fermento,
y al siguiente el niño de la reina mío será.
¡Já! Gustoso estoy que nunca sabrá
que Rúmpeles-Tíjeles será su tormento."
¡Ya te puedes imaginar lo contenta que se puso la reina cuando escuchó
el nombre! Y cuando poco después el hombrecito entró, y preguntó:
-"¿Ahora señora reina, cuál es mi nombre?"-
De primero ella preguntó:
-"¿Será tu nombre Conrad?"-
-"No."-
-"¿Es Pedro?"-
-"No."-
-"¡Entonces podría ser Rúmpeles-Tíjeles!"- gritó con entusiasmo.
-"¡Fue el diablo quien te lo dijo!¡Fue el diablo quien te lo dijo!"-
gritaba el duende.
Y en su enojo zapateó tan duro en la tierra que la pierna derecha
entera se le hundió, y entonces de rabia se apoyó tan fuerte en la
pierna izquierda que él mismo se partió en dos, desapareciendo al
instante para siempre.
Enseñanza:
No se debe prometer lo que no se querrá cumplir.
Cuento de los hermanos Grimm