Día de la madre para mamás fallecidas

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 Día de la madre para mamás fallecidas

 

 Poemas para  día de la madre


Se acerca el Día de la Madre, y nos ponemos a buscar frases y poemas bonitos para dedicar a nuestra mamá. En esta ocasión les proponemos una poesia tierna para nuestra madre fallecida




A Mi Madre (a una mamá fallecida)


¡Oh, cuan lejos están aquellos días
en que cantando alegre y placentera,
jugando con mi negra cabellera,
en tu blando regazo me dormias!

¡Con que grato embeleso recojías
la balbuciente frase pasajera
que, por ser de mis labios la primera
con maternal orgullo repetias!

Hoy que de la vejez en el quebranto,
mi barba se desata en blanco armiño,
y contemplo la vida sin encanto,

al recordar tu celestial cariño,
de mis cansados ojos brota el llanto,
porque, pensando en tí, me siento niño

Un golpe dí con temblorosa mano
sobre su tumba venerada y triste;
y nadie respondió ... Llamé en vano
porque ¡la madre de mi amor no existe!


Volví a llamar, y del imperio frío
se alzo una voz que dijo: ¡Si existe!
Las madres, nunca mueren ... Hijo mío
desde la tumba te vigilo triste ...

¡Las madres, nunca mueren!
Si dejan la envoltura terrenal,
suben a Díos, en espiral de nubes...
¡La madre, es inmortal!

Vicente Riva Palacio




 

A la Madre (poema)


Quisiera cantar con lira muy sonora
a esa gran mujer autora de la vida,
a ese lindo ser con mente soñadora,
que vuela al infinito con el alma herida.
Junto a un moisés la sorprende la aurora,
luciendo tan radiante cual rosa florecida
y sin mostrar jamás cansancio por la hora
se entrega con amor al hijo sin medida.
En el hogar como abnegada esposa,
siembra semillas de amor y de ternura;
con sus retoños es siempre generosa
y cultiva ilusiones con mesura.
Con voluntad trabaja con sus manos
para traer el pan desde muy lejos;
es el soporte de todos los ancianos
y fuente inagotable de consejos.

Revestida de amor y de paciencia
hace frente al dolor y a la aflicción;
por proseguir al hijo en su pasión.

Esa mujer se angustia por hijo ausente,
por el hombre que no tiene fortuna,
por el que sufre cuando está presente,
por el que llora cuando está en la cuna.

Al necio corazón que nada escucha,
por haberse perdido en inconsciencia,
ella lo oye desde lejos cuando lucha
y espera su regreso con paciencia.

Cómo no recordar los ratos de alegría,
esas canciones cantadas a la luna,
su inmenso placer por las monerías,
por garrapatos trazados con la pluma.

Gracias Señor, por esa madre bella,
que enseñó el temor a tu existencia,
que ilumina mi vida como estrella,
para seguir el sendero a tu presencia.

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